En 1969, la Caja de Ahorros Municipal de Burgos buscaba quien se atreviera a adquirir una cooperativa ganadera casi quebrada de Aranda del Duero. Tomás Pascual aceptó el reto.
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En 1969, la Caja de Ahorros Municipal de Burgos buscaba a quien endosarle un pequeño marrón; evitar la quiebra de una pequeña cooperativa lechera de Aranda del Duero. Finalmente se les ocurrió ofrecérsela a uno de los cuatro hermanos que sólo diez años habían fundado en la localidad una empresa dedicada a la distribución de piensos y que, desde hacía tres, habían dado el salto a la cría de cerdos, gallinas y vacas. Era un hombre emprendedor, inquieto y hasta «cabezón», pero, para disgusto de los directivos de la caja, rechazó la propuesta. Ni podía comprar la empresa ni sabía nada del negocio. «Por el dinero no te preocupes, lo ponemos nosotros. Y de leche, ya aprenderás», le dijeron. Y vaya sí aprendió. Con la firma de aquel crédito nacía ahora 50 años Leche Pascual.

Tomás Pascual nació en Fuentemizarra (Segovia) en 1926. Con sólo cuatro años la familia se trasladó hasta Linares del Arroyo y más tarde, debido a la inundación del pueblo para la construcción de un pantano, a Aranda del Duero. Allí, su padre montó una cantina con despacho de coloniales y él, el pequeño de los nueve hermanos, empezó a vender bocadillos, cerveza y gaseosa en la estación de tren a los viajeros de la línea que unía Valladolid con Ariza (Zaragoza). Después, comenzó a hacer repartos en bici primero y en moto después, hasta que finalmente alquiló un camión. En la carretera aprendió lo necesitado que estaba el país de una buena red distribución y, pensando en lo más rentable en aquella Castilla de postguerra, a él y sus hermanos se les ocurrió centrarse en la de los piensos.

Inicios duros

Pese a contar con respaldo financiero, los principios de Leche Pascual sin embargo fueron duros. Tanto que su fundador llegó a plantearse vender la empresa a Lactaria Española, del INI, y olvidarse de un mercado regido por precios autorizados. El de la leche era de 17 pesetas por litro cuando a él la producción le costaba 19. «Yo les decía a los de la Comisaría de Abastecimientos y Transportes que para vender leche con calidad había que hacerlo a un precio más elevado y no me entendían», recordaba años después en una entrevista en El País. El paso de precios autorizados a los comunicados poco después le permitió vender la leche «a su precio» y desarrollar la empresa.

En 1973 Leche Pascual fue la primera empresa en lanzar en España leche de larga duración (uperisada) en tetra-brik. Después, en 1980 insistió en su carácter innovador al comercializar las primeras variedades desnatadas y semidesnatadas. «No hay mercados maduros –decía–. Lo que hay es empresarios sin ideas». Y con algunos de ellos se las tuvo cuando lanzó los yogures realizados con leche termizada, es decir, pasteurizados después de la fermentación y, por tanto, capaces de aguantar más tiempo aunque ni se conservarán en frío.

La competencia, especialmente Danone, hizo todo lo posible por evitar que éstos fueran vendidos como yogures y durante muchos años Pascual tuvo que conformarse con etiquetarlos como postres lácteos. Se salió con la suya en 2002, en lo que los otros fabricantes consideraron una decisión arbitraría de la Administración. Es decir, un favor político de José María Aznar, con quien Pascual nunca disimuló su amistad aunque, cuando se le preguntaba por ello, siempre aseguraba que en cuestiones políticas él «estaba con todos».

Nueva batalla por los precios
Un pragmatismo que, todo sea dicho, no le ayudó cuando con la irrupción en el mercado español de la gran distribución y su apuesta por la marca blanca tuvo que volver a la batalla de los precios. «Mi producto debe tener un precio justo y no acepto que me impongan precios con los cuales es imposible dar calidad y tener un beneficio. Si alguien acepta esas exigencias, allá su responsabilidad. No se puede dar calidad a bajos precios y eso lo debería seguir más la Administración», se quejaba en 2003, sólo tres años antes de morir, cuando las marcas blancas copaban ya el 60% de un mercado que además encogía porque cada vez se bebe menos leche.

Esa rigidez incluso le exilió de los lineales de algunas grandes cadenas de supermercados. Durante un tiempo, la casa intentó competir en precio lanzando una su segunda marca, PMI, creada para dar salida a la leche que llegaba a sus plantas los fines de semana, cuando éstas paraban, lo que impedía que fuera envasada en los 24 horas siguientes a su recogida, uno de los mandamientos de la primera marca. Pero en 2009 la firma, ya en manos de los cuatro hijos que tuvo con Pilar Gómez-Cuétara (hija de uno de los fundadores de la galletera), decidió centrar sus esfuerzos en una única marca, a la que además, como toda una declaración de intenciones, rebautizó como Calidad Pascual.

Hoy, la leche supone casi el 50% de la facturación de la compañía que tras dos años de caídas de la facturación, en 2017 registró un incremento del 2% en su ingresos hasta los 675 millones de euros y que está ya muy diversificada. Desde que en 1975, el fundador de la firma decidiera adquirir Bezoya para conseguir sinergias en la red de distribución, la compañía ha lanzado desde zumos, refrescos, café y bebidas vegetales a cereales, tortillas y derivados del huevo e incluso tiene intereses en el sector negocio inmobiliario, en el que la familia es dueña del grupo La Quinta, que hoy tiene se sede en la avenida Tomás Pascual de Benahavís (Málaga).

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