La crisis de las materias primas agrícolas, agravada por la invasión de Ucrania, está golpeando de lleno a la industria láctea, que ve cómo un litro de leche se paga a entre 0,39 y 0,42 céntimos cuando un kilo de maíz cuesta entre 0,40 y 0,42 o un kilo de soja a alrededor de 0,60, siendo ambos elementos imprescindibles para la alimentación del ganado.
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José Barrau, propietario de la Quesería Villa Corona, una empresa ubicada en El Burgo de Ebro (Zaragoza), cuenta a Efe que esta circunstancia está obligando a muchos ganaderos a empezar a sacrificar vacas productivas, todas aquellas que están por debajo de los treinta litros de leche diarios. Mantener a estas cabezas no cubre costes, asegura, y ellos producen a pérdidas.

Si una explotación de vacuno para leche tiene 1.200 cabezas, como mantiene Barrau en sus dos granjas (una en Monzón y otra en Sangarrén, en Huesca), 600 de ellas son las que son productivas, pero todas comen.

Y así, cuando el porcentaje normal de sacrificio en una explotación es del 15 o el 20 por ciento de las reses, las que han acabado su vida útil, muchas empresas están llegando ya, asegura Barrau, al 30 o al 40 %; «y porque los mataderos no admiten más, porque la carne sí que ha subido de precio», relata.

La guerra ha traído consigo a los grandes especuladores. Las compañías especializadas en compras de cereal a futuro están incluso recomprando lo que ya habían vendido y hay grandes países exportadores, como Argentina, que están reteniendo su producción, pero también lo hacen otros más pequeños como Serbia o Montenegro.

Y mientras, explica Barrau, en la Unión Europea no hay suficiente maíz ni soja para las vacas, pero tampoco para los cerdos o los terneros.

Además, a este problema se une el que el que se cultiva en España se ve sometido a grandes tensiones, como el incremento del precio de los abonos, que se ha triplicado en el caso de la urea por ejemplo, al pasar de trescientos euros a mil por hectárea y que tampoco se produce en el país, o el del agua, que ha duplicado su factura para los regantes.

Eso sin contar el precio de la energía que se necesita para el riego, dice.

En su caso, al precio de la alimentación del ganado se une en continuo incremento del precio de materiales como el plástico o el cartón que necesita para embalar sus productos, que desde la pandemia de la covid se ha incrementado en un setenta por ciento, o al coste del gasóil de sus calderas.

Ha repercutido estos gastos en el precio de los productos que llegan a las tiendas y a los supermercados, pero el aumento «ya ha quedado desfasado», y además, a medida que sube el coste de sus quesos, sus yogures y cuajadas y sus cajas de leche, «baja poco a poco el consumo».

«Esto no tiene nada que ver con ninguna otra crisis, nunca he vivido una como esta», se lamenta Barrau, que ya tuvo que recurrir a un ERTE cuando la pandemia de la covid y cuya plantilla ha quedado reducida a una veintena de personas en la quesería, cuando de normal son 25.

Analiza que en el origen de algunos de esos problemas está la «dependencia tan salvaje» de la materias primas del exterior y vaticina que los alimentos «van a seguir subiendo de precio».

Ante esta situación, Barrau no tiene otra alternativa que «cuidar el producto y a los clientes» y mirar mucho los costes y gastos, asegura con la firme determinación de «irse adaptando» y «seguir trabajando», como hacen desde 1986.

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