En el tambo La Arboleda, en Carlos Casares, viven 12 familias que producen 13.000 litros de leche por día y le dan vida a la pampa húmeda profunda.
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Los 8 chicos y chicas de la primaria en la escuela provincial 21, en el paraje Las Charas.

La escuela provincial Nº21 del paraje Las Charas es símbolo de un esplendor que se resiste a desaparecer. Está ubicada a 30 kilómetros de la ciudad de Carlos Casares en el oeste bonaerense, sobre la ruta provincial 50, un camino de tierra en mal estado, y sus 12 alumnos -4 del nivel inicial y 8 en el primario- son hijos de los empleados de un mismo tambo, algo que recuerda a las antiguas estancias que eran como pequeños pueblos con almacén, herrería y casas para los empleados. Hoy la mayoría de esas estancias están llenas de espacios vacíos, pero la potencia del tambo, demandante de mano de obra activa los 365 días del año, genera el arraigo necesario para mantener viva a una escuela en la mitad de la pampa húmeda.

“El tambo no para nunca y necesita empleados titulares y suplentes para cada tarea específica. Todos los empleados viven con sus familias en el campo”, explica en diálogo con Clarín Rural Andrea Passerini, propietaria del tambo La Arboleda, y detalla las características de su sistema productivo y las labores que hay que realizar cada día.

El tambo aspira este año a tener 550 vacas en total, de las cuales las que están en ordeñe oscilan entre el 90 por ciento -en primavera- y el 78 por ciento. Es lo que se llama un tambo semipastoril, porque las vacas se alimentan principalmente de pasturas de alfalfa consociadas con festuca y trébol, y verdeos de raigrás en invierno, pero también reciben raciones de silo de maíz con rollo de alfalfa molido. Además, el establecimiento hace ganadería de ciclo completo con los terneros machos en un circuito de cría en guachera, recría y terminación tanto para consumo interno como para cuota Hilton, dependiendo de cómo estén los mercados.

El campo suma en total 800 hectáreas, de las cuales el tambo en sí ocupa 250 propias y otro tanto alquiladas. El aprovechamiento del espacio tiene que ser el óptimo. Por eso, para que el consumo del pasto por parte del rodeo lechero sea parejo y eficiente, hay un hombre cuya tarea es ir moviendo al rodeo entre las parcelas que se arman con hilos eléctricos en lo que se llama un pastoreo rotativo. Es el boyero, su nombre es Humberto Riquelme y tiene un hijo de 4 años, Aimar Riquelme, alumno de la escuelita.

Cuando el boyero está de franco, sus tareas las asume el peón general, Carlos Acuña, quien realiza diversas tareas en el tambo y en la pata ganadera de la empresa y cuya hija de 10 años, Bianca, también asiste a la escuela.

La confección de las raciones diferenciadas para cada categoría de animales es otra tarea que demanda recurso humano permanente. El mixer, la máquina que mezcla granos, silajes y compuestos nutricionales, funciona todo el día cocinando dietas especiales para las vacas en servicio, las que están en preparto o las categorías en recría. Para eso está el “mixero”, Gustavo Noriega, que tiene cuatro hijas mujeres: Sofía, Solange, Valentina y Azul, todas alumnas de la escuela.

El ordeñe, por supuesto, es otra actividad que no puede dejar de hacerse dos veces al día, sábados y domingos también, y que genera varios puestos de trabajo. El tambero titular, que dirige esa tarea, es Juan Roldán, padre de Olivia, y el segundo tambero -puntero de fosa- es Rodolfo Soto. A ellos los acompañan en la sala de ordeñe Alejandro de Saa y Carlos Vera, padres de Alejandro y Franco respectivamente, y Lucas Bau.

La nómina se completa con Abel Macías, encargado de la guachera y padre de Bruno y Tomás, Tito Correa, mixero suplente y tractorista de apoyo a las tareas de campo, Osiris Rodríguez, tractorista general para laboreos, Ignacio Calvo y Viviana Carrizo, encargados generales de todo el establecimiento, y Juan Ignacio Calvo, a cargo de sistema de gerenciamiento de rodeos y control lechero y fumigador. Con ese equipo, el establecimiento de Passerini produce, según la época del año, 13.000 o 14.000 litros de leche cruda por día que entrega a la firma Adecoagro y llena todos los pupitres de una escuela.

“Hay 12 familias viviendo en el tambo. Además tenemos tres veterinarios permanentes, el ingeniero agrónomo, el hombre que controla la máquina de ordeñe, el electricista… muchos servicios que se contratan regularmente durante todo el año. El tambo es la producción más mano de obra intensiva que existe y la que más invierte en cantidad y distribución de capital en la pampa húmeda; eso se traduce en arraigo. En el campo hay casitas por todos lados y hay una torre de 40 metros de alto para que todos podamos tener internet”, remarca Passerini, y cuenta que las mujeres de los empleados algunas veces se suman a las tareas, con sus bonos correspondientes, y que además de la crianza de los hijos suelen ocuparse de cuidar sus propias huertas, animales o producir y vender huevos.

Una escuela con historia familiar

Passerini es tercera generación de productores. El primer pedazo de campo en Las Charas lo compró su abuelo, José Luis Passerini, que era cirujano, fue director del hospital de Carlos Casares, luego senador por un flamante peronismo y hasta vicegobernador de la provincia de Buenos Aires durante el mandato de Domingo Mercante, entre 1950 y 1952. Después la provincia fue intervenida por el propio peronismo, y más tarde Passerini terminó preso durante un año en el penal de Mercedes por haber sido funcionario peronista. Pero antes de todas esas peripecias políticas, a fines de la década del 40, fue él quien impulsó y consiguió los materiales para la construcción de la escuela 21. Para lo que nunca hubo material fue para mejorar la ruta 50, por la que hoy llegan a la escuela sus dos docentes permanentes y los docentes de inglés y de educación física que van algunas veces por semana.

“Durante todo 2020, los chicos pudieron hacer la tarea porque la empresa invirtió en internet, como antes había invertido en traer la electricidad -dice Passerini-. Lo que no podemos hacer es invertir en asfaltar el camino porque para eso pagamos una tasa vial que el municipio termina gastando en otras cosas”.

Te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Para comentar o responder debes 

o

Notas
Relacionadas