Patricia Leanza forma parte del equipo de trabajo del Establecimiento “El Juncal”, y no esquiva ninguna tarea dentro del tambo ubicado en Valle Medio. Es técnica en gestión de Producción Agropecuaria y cuenta el rol que ocupan las mujeres en estos espacios.
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Patricia Leanza tiene 45 años, tres hijos y un amplio conocimiento del mundo rural y de la producción agropecuaria. Trabaja en el Establecimiento “El Juncal”, perteneciente a la firma “El Callejón S. A.” de Buenos Aires, y realiza diversas tareas en el tambo de Valle Medio, donde es una de las pocas mujeres del equipo.

Para llegar a este presente, en el que se muestra asentada como una de las referentes del tambo, tuvo que realizar varios trabajos para otras fábricas. “En 1997 concursé para un puesto en una juguera de Centenario radicada en Lamarque”, cuenta. Y añade que quedó segunda, “pero a los días me llamaron para hacer labor de temporada. Después de unos años me trasladé a otra empresa del mismo rubro. Esta vez era de Regina, también con base en Lamarque”. Así, a medida que la experiencia le aportaba ítems a su currículum, Patricia aprendía sobre el mundo de la ruralidad, cumpliendo constantemente con capacitaciones en la materia.

No solo de experiencia se hizo su camino, claro. Patricia es Técnica en Gestión de la Producción Agropecuaria, y llegó a realizar esta tecnicatura gracias al empuje de compañeras del rubro que la fueron alentando. Terminó el cursado, como le ocurrió a miles de mujeres, en medio de la maternidad y el trabajo: estudiaba al mismo tiempo que criaba a sus hijos pequeños y realizaba tareas para el sustento familiar. Con grandes notas, además.

Aquel esfuerzo se refleja hoy en sus tres hijos (Agustín, de 28; Juliana, de 22, y Gonzalo, de 16), que se encuentran estudiando, quizás uno de los mayores legados que una madre y un padre pueden dejarle a sus descendientes.

La profesional recuerda que, en medio de aquella vorágine de estudio, crianza y trabajo, “llegó la noticia de que cerraba la juguera donde trabajaba”. Fue momento de barajar y dar de nuevo para Patricia, que tuvo que volver a presentar su currículum. En ese período fue fundamental el apoyo de sus vínculos.

Poco tiempo después, llegó la ansiada oportunidad. Y según recuerda Patricia, fue una experiencia particular: “La llamada del tambo fue un mundo nuevo y desconocido que se abrió para mí, pero con la premisa de siempre, que es aprender. Desde esto, ya pasaron 6 años y sigo aprendiendo”.

En la actualidad, el tambo cuenta con 600 vacas y produce entre 11.000 a 12.000 litros de leche diaria. Las vacas se ordeñan dos veces al día y la leche obtenida se transporta fluida a una fábrica de la provincia de Buenos Aires. Las vacas viven libres dentro del lugar: están en un sistema pastoril con parcelas abiertas, y solo se encierran para traer al ordeño. Luego se van solas a sus lugares. La actividad del ordeño sucede dos veces al día y dura aproximadamente unas cuatro horas.

“El equipo tambero es una unidad familiar, donde trabajan a la par hombres y mujeres”, acota Patricia. Y agrega: “Hay otros sectores que acompañan a la producción, como el manejo de terneros, las reposiciones, labores de la tierra, y muchas otras actividades referidas al trabajo de campo”.

El tambo está ubicado a la vera de un brazo del río Negro, a unos 10 km. de la bella Pomona. Tiene un plantel de 8 personas que viven en distintas localidades cercanas y todos tienen tareas específicas y definidas, pero el tambo cuenta con 5 personas fijas. “Mí trabajo específicamente es la administración, pero incursiono en todos los sectores, porque me gusta aprender y el conocimiento no ocupa espacio. Además si alguien falta por alguna razón , puedo reemplazarlo”, señala Patricia.

“No es fácil insertarse en lugares tan arraigados a la presencia masculina”, cuenta Patricia, y asegura que “muchas veces nos sentimos enfrentados, la mirada femenina siempre va un poquito más allá. Pero con el tiempo se ha ido revirtiendo”.

El día para Patricia comienza a las 6 de la mañana. Después del desayuno y de llevar a su hijo al colegio, se dirige al tambo hasta las 19, hora en que generalmente dispone su regreso. Los fines de semana, la atención queda en manos del equipo de guardia: el tambo trabaja los 365 días del año y los periodos de preparto y guacheras, cuando están activos, son de domingo a domingo. Durante el día, en el tambo se ve gente trabajando en todos los horarios: los regadores tienen horarios alternados, la guachera arranca mas temprano, y así va ocurriendo con los distintos roles. Respecto a la actividad de la oficina, en caso de que se requiera la ayuda de Patricia, ella acude de inmediato para trabajos en corrales, referidos a inseminaciones, vacunación y atención veterinaria entre otras. “Todos tenemos que saber y somos idóneos para resolver los problemas que surjan”, explica.

Leanza asegura que “al inicio de la pandemia, en nuestra zona hubo mayor cantidad de contagios, y a causa del aislamiento, debíamos turnarnos y organizarnos en viviendas de transición en el campo. Sucede que al trabajar con animales, ellos generan mucha temperatura, y por ende se humedecían los barbijos y fue complicado llevar los cuidados”.

Patricia dice que “cambiaría los prejuicios a los que nos someten. Deberíamos ser tomadas como trabajadores comunes, y no ser un cupo que los obligan a tener”.

El equipo de trabajo del plantel de la empresa, se compone de 8 personas: el encargado, una administrativa (Patricia), dos regadores, un prepartista, uno en hacienda tambo, uno en tareas generales, y una guachera, responsable de todos los que van naciendo y quien da lo necesario para que puedan crecer sanas y fuertes. “En el tambo, el equipo es una familia, que solo cumple ese rol y presta servicios a la empresa. Son dos matrimonios y el padre de dos de ellos”, indica Patricia.

“Puntualmente en el campo debí luchar con eso de trabajo para hombres y mujeres. Imagino que esto es en todos los ámbitos, que hay trabajos en donde la mujer quizás no tiene la fuerza física del hombre, pero seguramente sí la capacidad intelectual de resolver más rápido. Somos capaces de trabajar en lo que sea”, afirma con contundencia.

Patricia deja en claro que disfruta lo que hace. “Soy muy feliz trabajando en el campo y aprendo todos los días. Si bien me convocaron para trabajar en la oficina, incursiono mucho en lo que es el trabajo de afuera. Estar en contacto con los animales es muy lindo y especial”, relata. En cuanto al grupo humano, “todos tenemos talentos y siempre trato de rescatar lo bueno de la gente. Mi esperanza es el crecimiento del tambo, que sea una fuente laboral importante en mi pueblo”, enfatiza; y añade que su meta es “seguir estudiando, porque es una forma de mantenerse sana”.

Por eso mismo, Leanza cita para el cierre una frase del economista Tomás Bulat (1965-2015), quien aseguró que “cuando se nace pobre, estudiar es el mayor acto de rebeldía contra el sistema. El saber rompe las cadenas de la esclavitud”. Así lo hizo ella, así se lo transmitió a sus hijos y así espera que sea para la mayoría de las personas.

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