Al sentarme a escribir estas líneas, se me aparecen los versos de la bella canción de Eladia Blázquez "...eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir...": la lechería argentina discurre, en lo que va de este siglo, en una suerte de supervivencia aletargada.
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Los productores tamberos advierten que los controles de precios están causando un fuerte impacto negativo en la actividad.

Una producción nacional que ronda los 10.000 millones de litros (1.000 más o menos, según se alineen el clima y la dimensión de la crisis macroeconómica de turno). Que podría ser peor, se dirá, si tenemos en cuenta el grado de debacle institucional, social y económica en que se sume nuestro país por estas horas. Puede ser. Lo cierto es que ese letargo productivo esconde un indudable empobrecimiento de todos los actores de la cadena. Por lo que nos toca, menos tamberos, menos trabajo y menos vacas plantan un límite al potencial futuro.

Las causas de ese achicamiento progresivo son estructurales, tan estructurales como las de nuestra macroeconomía, y las hay tanto exógenas como endógenas a la cadena.

En esta etapa, las causas exógenas se agudizan particularmente por la distorsión que genera la política de control de precios en el mercado interno (precios máximos en sus múltiples variantes “cuidados”, “congelados”, etc.), y transfieren recursos desde los eslabones primario e industrial hacia el sector público, y desde las provincias hacia el poder central.

Un reciente estudio realizado por Cartez-OCLA nos provee un ejemplo contundente: los tamberos cordobeses dejaron de percibir durante el 2020 la friolera de casi US$ 100 millones producto de dicha política, y un tambo de 3.000 litros/día, más de US$ 59.000 en igual período. Sí: hasta los tamberos más chicos pagan – y con creces – la política oficial de control de precios, porque la ideología nac & pop no incluye a todos. Al menos, no a los tamberos más vulnerables.

Claro está que, si quisiéramos describir en detalle los componentes de la carga impositiva completa que asfixia al productor y a la cadena toda, no nos alcanzaría este espacio (aunque seguramente Derechos de Exportación – DEXs – e Ingresos Brutos -IB- tienen la delantera en nivel de regresividad).

Por otro lado, subsisten también distorsiones y asimetrías generadas dentro de la cadena agroindustrial láctea que la ponen en un lugar más desfavorable en comparación con otras como las de cereales y oleaginosas, y de la carne bovina.

La falta de un mercado institucionalizado de leche cruda implica que ganar o perder dinero no sea únicamente producto de la gestión empresaria del tambero, dada la existencia de un buen margen de discrecionalidad en la fijación del precio de la materia prima por parte del eslabón industrial.

En tal sentido, el foco de la tarea gremial que llevamos adelante desde CRA apunta a dotar de un marco de equidad a la relación comercial entre ambas partes, de manera que el último eslabón de la cadena vaya adquiriendo progresivamente mayor poder de negociación frente a su comprador.

Y porque el tambo es arraigo y generación de riqueza en el territorio, creemos fundamental, por último, que los estados provinciales se involucren de lleno en la tarea de propiciar dicho marco de equidad intra cadena, así como también en el reclamo político a la Nación por la eliminación de distorsiones en el mercado interno y al comercio exterior.

De lo contrario, sin un esfuerzo mancomunado de todos los actores, será muy difícil salir del achicamiento progresivo en el que nuestra lechería languidece ya que, como dice la querida Eladia, “…merecer la vida no es callar ni consentir tantas injusticias repetidas…”.

(*) La autora es Coordinadora de la Lechería de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA)

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