Los biodigestores son la tecnología que convirtió un foco de contaminación, la bosta y la orina de vacas y cerdos, en una materia prima para producir fertilizante y biogás. Diego Barreiro, CEO de Biomax, explica por qué son el eje de un cambio cultural.
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Con los biodigestores comienzan un camino de mayor sustentabilidad para la gestión de los efluentes y se agrega valor a la empresa a partir del biogás y el fertilizante.

El manejo de la bosta y la orina -los efluentes- que se acumulan en los corrales de espera y la sala de ordeño de un tambo o en los cada vez más sofisticados galpones de las granjas porcinas eran un foco de contaminación importante hasta que aparecieron los biodigestores, la tecnología que los convirtió en una materia prima para obtener un fertilizante -que se llama biol- y energía en forma de biogás.

En una entrevista con AIRE, Diego Barreiro, CEO de Biomax -una empresa nacional que desarrolló sus propios equipos- destacó que los biodigestores son el eje de un cambio cultural y contó que hay una alta demanda por el aumento del precio de los fertilizantes. Esta revolución también llegó a las ciudades: en Rosario hay una empresa que recolecta los residuos orgánicos de los restaurantes y los convierte en un fertilizante que venden a 50 dólares por tonelada.

-¿Por qué los biodigestores son el eje de un cambio cultural?

– Quizás te lo puedo explicar a partir del desarrollo de nuestra empresa. Hace 20 años fundé un portal web que se llama Universo Porcino y comencé a ver cómo trataban los efluentes con el método tradicional de tres lagunas. Con ese modelo no se contamina la napa freática pero se genera metano -uno de los gases de efecto invernadero- y también ese olor a “huevo podrido” -en realidad es ácido sulfhídrico- que uno siente cuando pasa por algunas granjas porcinas. En ese momento comencé a indagar qué soluciones podía haber y recordé que a los doce años había leído en la revista “Muy Interesante” un artículo sobre los biodigestores en China y me puse a investigar sobre biodigestión. Ahí descubro que México estaba muy adelantado, con un programa en el que el Estado financiaba hasta el 50% de los proyectos. Me fui para allá e hice cursos y pasantías para aprender. Cuando vuelvo a la Argentina armamos Biomax, una de las primeras empresas nacionales, con tecnología local, que fabrica biodigestores. Al principio hicimos ensayos con distintas telas, por ejemplo con tela de camión pesada -que no daba resultado- hasta que nuestros ingenieros desarrollaron la tela que hoy utilizamos, que baja mucho los costos de lo que es un biodigestor y es sumamente eficiente. En dos estaciones experimentales del INTA ya tenemos equipos nuestros como en los módulos de demostración.

– ¿Qué pasaba antes con los efluentes? ¿Por qué son un foco de contaminación si no son correctamente gestionados?

– En los tambos y en las granjas porcinas los efluentes se manejaban de dos formas: los tiraban en un potrero, que se terminaba convirtiendo en una laguna que encima no está impermeabilizada así que la contaminación era total, tanto la napa freática como el ambiente. Había otros que lo juntaban y lo usaban como abono crudo, que no es lo mismo que digerido. Esto es lo que pasaba tradicionalmente, por eso llevábamos 15 años dando charlas y concientizando. Cuando se comprende bien el tema, en realidad se dan cuenta de que es como tirar nafta o gasoil. En primer lugar, no lo harías porque estás contaminando y en segundo porque estás tirando plata. Es lo mismo que sucede cuando hablamos del tratamiento de los efluentes orgánicos con los biodigestores, que generan dos subproductos que son muy importantes: biol, un fertilizante que es un excelente mejorador de suelo, y energía. Concretamente biogás, que lo podés transformar en energía calórica o lo inyectás a un grupo electrógeno y generás electricidad.

– ¿Cómo funciona un circuito con un biodigestor en un tambo o una granja porcina?

– Un biodigestor es un estómago que digiere comida. En el layout del circuito siempre hay un pozo o cámara receptora de los efluentes que luego se bombean dentro del biodigestor y por gravedad sale digerido a una laguna que funciona como un acopio de fertilizante, que se pueden utilizar en ese mismo establecimiento o comercializar. Los fertilizantes subieron un 40% en dólares y estamos vendiendo más equipos por este subproducto que por la generación de energía. El aumento de los rendimientos de los cultivos que genera el biol es significativo: entre 5 y 6 quintales por hectárea. Es muchísimo y lo estás generando vos con algo que estaba contaminando el campo. Cierra por todos lados. Por eso decimos que a partir de la transformación de un contaminante generamos un valor agregado. Es importante aclarar que este tipo de fertilizante es valioso porque hay algo que solo sucede en la digestión anaeróbica y que no se da en el compost. Dentro de los biodigestores se generan levaduras y fitoreguladores de crecimiento -hormonas de crecimiento- que mejoran las raíces de las plantas y hacen que los cultivos crezcan con más fuerza y que logren mayor productividad. Además, es un fertilizante orgánico y no químico.

– ¿Qué se puede hacer con la energía que se genera? ¿Alcanza para que un tambo o una granja sea autosuficiente?

– Hay establecimientos que logran autoabastecerse de energía por la cantidad de efluentes que procesan con el biodigestor y hay otras que amortizan entre el 40% y el 60% de su consumo eléctrico con lo que estaba contaminando. Cuando empezamos a hablar hace 15 años, costaba muchísimo convencer a alguien que tiraba sus efluentes. Cuando vendimos los primeros equipos hace 15 años, era una granja porcina que necesitaba gestionar sus efluentes porque si no la cerraban. Hoy los llamados son porque quieren arrancar sus granjas sin contaminar, hay un cambio cultural importante y se dio cuanto comprendieron que había que tratar los efluentes como una materia prima y no como efluentes. Cuando vieron el valor que había ahí, porque son el insumo para generar dos subproductos valiosos: fertilizante y energía.

– ¿Qué aporte pueden hacer los biodigestores a la gestión de los residuos?

– Hay una empresa en Rosario, que se llama Clean City, que nos compró un primer equipo. Lo que hacen es tratar los residuos orgánicos de los restaurantes. Ya compraron dos más y lo venden como fertilizante a 50 dólares la tonelada. Fijate la trazabilidad que le dan a sus clientes, que tienen la certeza de que con la basura orgánica que generan no están contaminando. Es una cadena, porque también para muchos clientes es importante comer en un restaurante que trata con sustentabilidad sus residuos.

– ¿Hay experiencias con la gestión de la basura de las grandes ciudades?

– El problema con los residuos urbanos es la separación en origen y ahí hay un largo tema cultural porque si te tiran una pila dentro de los residuos orgánicos te contaminan toda la materia prima y el fertilizante. La idea es comenzar por pueblos por un tema de conciencia. Pero está claro que vamos hacia la recolección diferenciada y las nuevas generaciones tienen mucho más claro la importancia de este cambio.

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