En el sector lechero argentino se está produciendo una “revolución silenciosa” que promueve incrementos sustanciales de productividad de la mano de un cambio de paradigma sistémico.
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En Bichos de Campo hace tiempo que venimos hablando al respecto. Pero cuando el impacto de esa “revolución” se observa en cifras, los números no dejan de sorprender.

Datos oficiales, publicados por el Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (Ocla), reflejan que en apenas dos años los tambos que producen más de 10.000 litros diarios de leche pasaron a representar el 23,4% de producción nacional a un 28,0% con apenas un 5,2% de la cantidad total de empresas.

En la vereda de enfrente, el 48% del total de tambos producen actualmente apenas el 13,8% de la oferta argentina de leche con una producción inferior a 2000 litros diarios. Dos años atrás ese segmento representaba el 16,0% de la oferta total.

Otra manera de observar el fenómeno, que se replica prácticamente en todas las naciones productoras de leche, es analizar la evolución de la facturación mensual de leche del tambo promedio argentino, que este año registró un crecimiento sustancial.

La evolución de la facturación promedio del tambo argentino en los primeros ocho meses de este año es un 17,0% superior –medida en pesos constantes, es decir, ajustados por inflación– respecto del mismo período de 2019. Un crecimiento impresionante.

En la actual coyuntura, mientras que los sistemas lecheros “artesanales” experimentan cada vez mayores dificultades, los grandes tambos van ganando, año tras año, escala y eficiencia productiva en base a sistemas voluntarios de ordeñe, robotización, galpones que aseguran mayor confort animal ante las inclemencias climáticas, mayor control y estandarización de raciones, tecnologías remotas que permiten detectar celo y problemas de salud de manera individual y fuerza comercial propia o bien a través de “pools lecheros”.

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