Cuando me enviaron a cubrir una nota en un tambo bonaerense “no tradicional”, en realidad imaginé otra cosa. Pensé que se trataba de un establecimiento orgánico o robotizado. Pero no.
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Me recibió el encargado del tambo, José, quien muy amablemente me explicó que el establecimiento estaba conformado por toros que se no autopercibían como tales. Me costó bastante entender a qué se refería, pero finalmente, luego de pedirle que hablara claro al respecto, José me indicó que los toros no sólo tenían otras preferencias sexuales, sino que además se autopercibían como hembras.

Luego me mostró una serie de pruebas que se emplearon con los animales para llegar a esa conclusión, las cuales lucían bastante complejas, para finalmente decirme que el propietario del establecimiento había decidido darle una segunda oportunidad a los toros, los cuales, obviamente, no podían cumplir con la función de reproductores, pero quizás sí con otra adaptada a su propia identidad autopercibida.

Así es como surgió el proyecto de tambo “Machomenos”, un nombre que, según manifesté a José, podría resultar ofensivo para algunas personas, pero el encargado me dijo que el propietario del tambo era una persona con mucho sentido del humor y que, luego de consultar su ocurrencia con referentes en ideología de género, todos habían considerado que el nombre en cuestión era muy ocurrente.

La nota seguramente –pensé– va a generar una explosión de lecturas y las fotos que saqué del tambo, ni les cuento, algo increíblemente novedoso.

Pero el editor prefirió no publicarla. Está muy bien el artículo, me dijo, muy muy bien, pero la sociedad no está preparada aún para este avance, así que vamos a dejarlo para cuando llegue el momento adecuado, es decir, cuando se presente el cambio cultural que permita entender este logro en toda su completa dimensión.

Me pareció una explicación razonable, pero, para ser franco, también me desilusionó un poco que todo el esfuerzo que hice para mostrar ese tambo, ese proyecto inclusivo y superador, no se haya podido difundir. Quizás en unos cinco años más la historia sea diferente.

Los propietarios del tambo afortunadamente también entendieron y, por suerte, no se enojaron conmigo por la decisión tomada por el editor. Ya llegará el momento, me consolaron. Y en agradecimiento me enviaron una caja con los yogures elaborados por ellos. Aún no los probé. Pero puedo asegurar que se tratará de una experiencia inédita.

“Los tamberos de mi escala estamos todo el día con la lapicera y la calculadora en la mano para evitar fundirnos”, resume sin medias tintas

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