Con bastante intensidad, en las últimas dos décadas se ha instalado de manera muy potente la creencia de que la ganadería, en general, y la producción de leche, en particular, son los principales responsables de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero del planeta (GEI).
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Los fundamentalistas del ambientalismo y sus fieles seguidores han encontrado en las redes sociales el terreno fértil para difundir sus “planteamientos”, pero con más dogmas, eslóganes y entusiasmo, que con datos concretos y evidencia científica.

Enfrentados al dominio casi sin contrapeso de las más diversas redes sociales, una parte importante de las audiencias contemporáneas se han sometido sin mayor resistencia a los mensajes y recomendaciones de “influencers”, dejando de lado los fundamentos técnicos y científicos.

En medio de este proceso, nuestras vacas se han convertido en el ícono de la contaminación y la destrucción del planeta e incluso algunos “hábiles” emprendedores se han lanzado a conquistar el mundo con productos de origen vegetal que, aseguran, están destinados a reemplazar nuestra leche y – de paso – salvar al planeta de los malvados agricultores que hemos hecho de nuestra vida la producción de un alimento que por siglos ha sido considerado como el más completo y noble que provee la naturaleza.

Pues bien, ¿qué es lo que dicen los datos y la evidencia científica?

Que la cadena láctea completa, esto quiere decir producción primaria, procesamiento industrial y transporte, representan el 2,7% del total de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero a nivel mundial (FAO-ONU).

Entonces, cabe preguntarse si con una contribución de tan solo el 2,7% resulta justo y razonable transformar a nuestro sector en el “niño símbolo” del calentamiento global del planeta.

Cualquier persona sensata estará de acuerdo en que este eslogan que han instalado los fundamentalistas del ambientalismo no resiste mayor análisis.

Más aún cuando en la década 2005 a 2015, a nivel mundial el sector lácteo redujo sus emisiones GEI en 11% por unidad de producto (litros de leche producidos), a partir de una eficiencia cada vez mayor y una mejor alimentación de los rebaños.

Pero a pesar de los avances que evidencian los “datos duros”, ciertamente que no es suficiente y como cadena productiva seguimos trabajando por mejorar nuestros indicadores y por ofrecer un alimento cada vez más sostenible en términos ambientales, sociales y económicos.

Eso, mientras las redes sociales siguen respirando con información parcial y eslóganes argumentalmente débiles.

Por Paulina Carrasco Gorman, Presidenta Aproval Leche A.G.

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