Dos familias que residen en el campo fueron atacadas por 10 encapuchados. La policía demoró en llegar y los delincuentes escaparon con pertenencias de las víctimas.
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“Tengo bronca contra el país, contra la policía, contra todos… Todo esto da mucha impotencia. Nosotros encerrados por la cuarentena y los ladrones con vía libre para hacer lo que quieran”, sentencia con visible amargura Sergio Barreta (52).
La dura reflexión de Barreta refiere a lo que pasó la noche del 1° de mayo en un campo de su propiedad, ubicado a la altura del km 9 y medio de la ruta nacional 19, esto es, en jurisdicción de San Agustín, donde residen dos familias que se dedican a la producción lechera. “Esa noche a las 22.58 me llama por teléfono la esposa de uno de los tamberos y me dice: ‘no están atacando’. Me indica que había tres tipos que llegaban por la entrada. Pero ya había otros cinco en otro sector de la casa”, narró en diálogo con El Litoral.
De los delincuentes se supo que era un grupo de entre 8 a 10 hombres, varios de ellos armados con escopetas, y todos cubriendo sus rostros con barbijos y capuchas.
“Entran primero a la casa del matrimonio más joven y los toman de rehén. La familia les dice que hay un bebé, entonces uno de los tipos da la orden: ‘bajen las armas que hay una criatura’
A todo esto el otro grupo quería entrar a la otra casa, pero la familia se atrincheró; pusieron un freezer contra la puerta. Los tipos rompieron una parte y metieron el cañón de una escopeta. ‘¡Salgan porque los matamos a todos!’, les gritaban.
Finalmente entraron y desvalijaron las dos propiedades. Se llevaron ropas, calzados, herramientas, celulares y algo de dinero que tenían las dos familias. “Creo que como encontraron plata, por eso no les pegaron”, opinó Barreta.
“A todo esto yo, que vivo en Franck, salí hacia el lugar. En el trayecto llamé a la policía de San José y de San Agustín. Le puse 12 minutos y llegué antes que la policía. Cuando les reclamé por qué se habían demorado, encima se enojaron”, se quejó.
“Lo peor ocurrió cuando vimos salir a los tipos que se iban con bolsas. Le digo a la policía que hagan un disparo al aire pero no me hicieron caso. También les pedí que alumbren con un reflector, pero me contestaron que el reflector había quedado en otro patrullero. Finalmente los delincuentes se escaparon todos”, relató.
Claro que semejante experiencia dejó sus secuelas. “Lo peor de todo es el daño psicológico que quedó en esas familias. Ellos ya me comunicaron que se vuelven a sus pueblos. Acá a mis vecinos los robaron a todos y nunca se encuentra a los culpables. La verdad es que tengo ganas de bajar los brazos. Hace un tiempo tuve una desgracia con un hijo y ahora esto es casi un golpe de nock out”, cerró.

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