Argentina |12 febrero, 2018

Reapertura de la ex-SanCor: la historia de una familia atravesada por la industria

Marcelo Rossia cumplirá el 1° marzo 30 años como operario de la planta. En pocos días más, junto a 31 compañeros serán protagonistas del renacer de esta empresa, ícono del trabajo y esfuerzo en esta ciudad.

Autor: Patricia Rossia
Fuente: PUNTAL
Link: http://www.puntal.com.ar/regionales/Reapertura-de-la-ex-SanCor-la-historia-de–una-familia-atravesada-por-la-industria-20180211-0019.html

Luego de 12 meses de angustiante espera, de incertidumbre y temor, en pocos días más la ciudad de Coronel Moldes recobrará su industria más importante. La explanta SanCor que volverá a producir bajo la nueva razón social “Cotahua”.

Por estos días en la ciudad no parece pasar mucho, pero en una treintena de hogares los corazones laten fuerte. La ansiedad se incrementa y las ganas de volver a los salones del gigante blanco y celeste ubicado a la vera de la ruta E86 aumentan.

Las paredes de esta fábrica albergan la historia de cientos de trabajadores, pero sólo 32 tienen hoy la oportunidad de volver.

En todo cierre de industria quedan los fríos números de las pérdidas económicas, del impacto social, pero poco se sabe del “detrás de escena” de las historias personales de cada uno de sus trabajadores.

Una de ellas es la de Marcelo Rossia y su familia, un empleado de la ex-SanCor que el próximo 1° de marzo cumplirá sus 30 años de labor en la industria y lo encontrará viendo a su fábrica en pleno renacer.

Tenía sólo 24 años cuando ingresó como operario. Proveniente de una familia humilde, apenas terminó la primaria el destino le deparó una mala jugada: tuvo que hacerse cargo de su madre y de su hermana menor, tras una tragedia que atravesó su hogar, que fue la muerte de su padre. Desde los 13 años comenzó a trabajar: fue empleado rural y ayudante de carnicería hasta que llegó la gran oportunidad.

La promesa a la Virgen

La necesidad de un trabajo fijo estaba latente. Y comenzó el andamiaje entre la fe y los hechos fácticos.

Mientras su tía Elsa optaba por encomendar a la Virgen de San Nicolás el pedido por un trabajo, la mamá de Marcelo (Angélica) se animó y caminó hasta la puerta de la casa de don Pascasio Echave, por entonces encargado de la planta de Moldes. Le pidió una oportunidad para su hijo. “Tres días después de que la tía volvió de San Nicolás, a Marcelo lo llaman a trabajar”, recuerda Angélica, como dando crédito a que la Virgen dio su bendición.

Y para cualquier familia moldense lograr un puesto en la SanCor era como “ganarse la lotería” o el Prode de aquel tiempo. Era comenzar a soñar en grande, porque los obreros de esta planta eran los mejores pagos de la zona. Los primeros meses a prueba, hasta lograr la ansiada efectivización, que fue como recibir el diploma, el más importante, el de trabajador de planta permanente.

La llegada de una segunda muda de ropa blanca de trabajo y las botas anunciaban que ya era parte de la empresa.

Fue el trabajo en esta planta el que le permitió a Marcelo darle una estabilidad económica a la familia y pagarle los estudios universitarios a su hermana menor y que ésta se convirtiera en la primera en llegar a aspirar a un título profesional.

Aunque el sueldo era administrado por su madre, Marcelo pudo darse los gustos propios de jóvenes de su edad, como comprarse ropa en la reconocida pilchería de Santos y calzarse unos jeans Wrangler, inalcanzables por su precio para un laburante común. Y hasta ahorrar para adquirir el primer auto usado: un Peugeot 404 marrón.

Pero su mayor preocupación era asegurarle el sostenimiento a su hermana en una pensión en Río Cuarto, los apuntes, los viajes y la comida.

En medio de mucho sacrificio, el trabajo no era liviano. Algunos dolores, golpes, magullones fueron moldeando a este hombre, que en parte dejó de lado su juventud por su trabajo. Es que si el turno era el de ingreso a la madrugada era imposible una salida con amigos, y menos si había que hacer “doblete” que dejaba unas pocas horas de descanso entre la salida y en inmediato ingreso… Correr a la esquina y tomarse el colectivo de Pipi Gregorat que no esperaba.

Pasaron los años, Marcelo formó su propia familia junto a Gladys y a sus dos hijas, Noelia y Agustina. Y una nueva rama familiar fundada en base al trabajo otorgado por la planta láctea.

Hoy ya una tercera generación transita, la de los nietos, que son el desvelo de este orgulloso abuelo que pretende transmitir a los suyos la importancia de la cultura del trabajo.

Duro golpe

El año pasado, cuando la planta cerró sus puertas y con frías promesas de pronta reapertura, el mundo parecía derrumbarse para todos los trabajadores. Por primera vez, Moldes salió a las calles a apoyar a este puñado de familias pidiendo por la continuidad de la empresa.

Marcelo llamó angustiado, no sabía qué hacer. “A los 54 años dónde consigo otro trabajo, hermana”, se lamentaba. Y del otro lado esa hermana con la impotencia de no poder tenderle una mano como aquella que le dio él para estudiar.

Sueldos pagados en cuotas, versiones de venta, de liquidación y hasta de quiebra abrumaban a los trabajadores. Finalmente surgió una esperanza. El interés de un grupo de productores lácteos de Huanchilla dispuestos a invertir. A esta intención se sumó la voluntad del gobierno municipal y provincial de trabajar para no perder esta fuente laboral.

Ahora todo está listo y en el transcurso de esta semana “Cotahua” hará la primera prueba de producción y el objetivo es que en una semana más iniciar la actividad a pleno.

“Volvemos”

Hace pocos días volvió a sonar el teléfono, como tantas veces. Esta vez Marcelo tenía otro tono de voz. “Hermana, vino la gente de Huanchilla, nos dijo que reabren la fábrica, que nos van a respetar todos nuestros derechos y años de antigüedad. Es gente buena. Dijeron que todos esos trofeos y diplomas que hay en la fábrica -premios obtenidos por los productos aquí elaborados- no son de SanCor sino de nosotros los trabajadores. No sabés qué emoción. Hasta nos preguntaron si queríamos elegir un nombre para la nueva empresa”, relataba sin pausa y con la alegría de un trabajador que vuelve a recuperar su dignidad.

Su hermana le preguntó: “Cuándo volvés a la fábrica”, y respondió: “Creo que en unos días, pero vuelvo. Nosotros ahora somos ‘Cotahua’”.

En la simpleza y la emoción de sus palabras, y en ese “somos ‘Cotahua’” resumió el significado que esa fábrica tiene en su vida: es su familia, es volver a su segundo hogar.

Y así, entrelazadas su vida personal y la de una planta. Dos historias, de lucha y sacrificio.

 

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