Dos primos y productores de Santa Fe, Martín y Javier Re, pasaron de un esquema únicamente pastoril a un modelo intensivo y diversificado.
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Juan Samuelle

No hay que conformarse con lo que se tiene; siempre hay potencial para más. Estas ideas pueden aplicarse a Martín y Javier Re, dos primos hermanos que compartieron la misma casa de campo durante la infancia y fueron juntos al colegio primario y secundario. Luego se graduaron en veterinaria y agronomía, respectivamente, tras lo cual completaron los estudios con posgrados en producción bovina.

La educación orientada a las ciencias agrarias tenía como propósito la conducción de un campo familiar de 200 hectáreas en el este de Santa Fe, en el que se desarrollaba la actividad lechera de manera extensiva. No obstante, en 2013 se dieron cuenta de que ese sistema productivo pastoril no permitía dar un adecuado sustento a las familias y decidieron cambiar la escala y diversificar e intensificar actividades para alcanzar otro nivel de producción y de ingresos.

Salieron de la zona de confort histórica y hoy trabajan 1030 hectáreas dedicando 300 a la producción lechera (200 para el tambo y 100 para la recría de hembras y machos) y 730 a agricultura, alquilando campos de terceros en los que desarrollan planteos de alto rendimiento.

El tambo pastoril original fue convertido a un sistema en confinamiento que duplicó la producción por hectárea. Solo las hembras para reposición se recrían a campo, junto con los machos, que luego se terminan a corral. La leche se entrega a “Lácteos Crispi”, una cooperativa de la que forman parte los Re con otros productores para alcanzar volumen, que luego la comercializa hacia una industria

“El campo familiar estuvo dedicado exclusivamente a la lechería pastoril durante cien años; en 2009 alcanzaba una producción de 9000 litros/ha/ año. Hoy se producen 18.000 l/ ha/año”, dice el productor Martín Re que produce quesos para comercios gourmet.

El campo original de la familia Re está en el departamento de San Martín, en el este de la provincia de Santa Fe. La mayor parte de los suelos son clase II, con partes de clase I, argiudoles típicos arcillosos, con relieve plano y drenaje lento ante excesos hídricos. Reciben 1000mm como promedio de lluvias de los últimos años.

Los sistemas productivos predominantes en esa región son la lechería hacia el norte y la producción de granos hacia el sur, con distintas combinaciones entre ambas actividades.

“El campo familiar estuvo dedicado exclusivamente a la lechería pastoril durante 100 años; en 2009 alcanzaba una producción de 9000 l/ha/año. Hoy se producen 18.000, se engordan los terneros Holando y se agregó la producción de granos en campos alquilados”, describe Martín Re, miembro del CREA Castelar, quien destaca que los integrantes del grupo contribuyeron mucho al cambio en la empresa.

La necesidad de intensificar el uso del suelo y la competencia con la agricultura determinaron que la producción lechera se concentrara: el 100% de los animales de tambo está en confinamiento. Las vacas permanecen todo el día en corrales a cielo abierto de 150 metros por 5 metros, con comederos móviles hechos con caños petroleros y lona. La comida se distribuye tres veces por día con un mixer.

Las lecheras son alimentadas en forma diferencial según el potencial de producción: las de alta performance reciben una ración que contiene 35% de silo de maíz, 15% de silo de soja, 13,5% de harina de soja, 7,5% de heno de alfalfa, 13% de grano de maíz seco, 7,5% de grano de maíz húmedo y 8,5% de semilla de algodón.

Las de menor producción consumen una dieta con mayor proporción de silo de maíz y de heno de alfalfa. Se aprovechan los granos de propia producción y sólo se “importa” la semilla de algodón, la harina de soja y del heno de alfalfa.

Con este sistema intensivo “se alcanzó una producción de 31litros/ vaca/día, con picos de 33-34 en septiembre y octubre, y 18.000 litros por hectárea de los últimos años. La producción de los dos tambos originales era de 23l/vaca/día y 9000l/ha”, diferencia Javier Re .

Electricidad

La modernización del tambo generó nuevas exigencias a la empresa, entre ellas la disponibilidad de corriente trifásica, que no había en la zona, para reemplazar al generador alimentado con diésel. “Se necesitaba tender una línea de cuatro kilómetros para traer la trifásica al campo, algo muy costoso para que pudiera ser realizado por una pyme”, recuerda Martín.

Para resolver el problema, se presentó un proyecto de tendido de la línea al Fondo de Electrificación Rural de la provincia de Santa Fe. Luego de diferentes gestiones, “el proyecto resultó aprobado y se pudo realizar la instalación dividiendo los gastos en 30% para la empresa y 70% para el Fondo”, agrega.

“Hoy ordeñamos con equipos de última generación alimentados por la corriente trifásica y evitamos el ruidoso motor anterior, que debía ser complementado por un muleto por si se descomponía”, completa.

Para recolectar y distribuir los purines como abono se usa una estiercolera con capacidad para 10.000 litros, con la que se extraen los líquidos de la fosa, y una pala frontal y estiercolera para sólidos que permiten esparcirlos en los potreros; todo bajo el concepto de Economía Circular.

“Esparcimos 16.000 kilos de fertilizante orgánico por hectárea, con excelente composición química, que aporta 58Kg/ha de nitrógeno, 16,9 de fósforo, 32 de calcio y 26 de magnesio, más 1550 kg de carbono orgánico total y muchos elementos menores, según análisis realizados en la Universidad Nacional del Litoral”, destaca Javier.

La leche producida se entrega a la cooperativa Lácteos Crispi, formada por un grupo de productores que incluye a los Re. La firma acopia alrededor del 30.000l/día que tienen como destino final la industria Cassini y Cesaratto, de San Carlos Sud, que fábrica quesos sardo, reggianito, provolone, azul, gruyere y cheddar apuntando a un mercado gourmet con marca La Quesera.

Lácteos Crispi también ofrece insumos veterinarios y de higiene, y algunos servicios de maquinaria a los asociados.

El litro de leche se abona considerando el valor publicado por Siglea más las bonificaciones por calidad y volumen, que permiten acceder a alrededor de 6% más. El pago es quincenal.

La agricultura desarrolla una rotación con 33% maíz de primera, 33% de soja de primera y 33% de trigo/soja de segunda. Los rendimientos de maíz alcanzados en las últimas campañas promediaron 111qq/ ha, justificados por varios factores. En primer lugar, influye la calidad de los suelos, con buenos niveles de materia orgánica y de nitrógeno, y contenidos de fósforo de 30 a 50 partes por millón.

La fertilización comienza con un arrancador y continúa con 350kg/ ha de una mezcla liquida que contiene nitrógeno y azufre o 250kg/ ha de urea como dosis corrientes. El soporte líquido facilita la logística de aplicación y evita la dependencia de lluvias posteriores para la incorporación al suelo. También colabora la estabilidad climática, representada por un régimen de lluvias abundantes, aunque no exento de años secos

El control de malezas resistentes–principalmente de yuyo colorado, sorgo de Alepo y rama negra- comienza con barbechos largos tradicionales, seguidos por la aplicación de buenos herbicidas preemergentes.

Las sojas de primera alcanzan un promedio de 49qq/ha. En los lotes de buen potencial se utilizan variedades de grupo 4 corto a 5, mientras que en los más marginales se prefieren las de grupo 4,5 a 5 largos. La soja de segunda llega a 34qq/ha como promedio. Los altos rendimientos se vinculan a rindes del trigo medios, de 30-35qq/ha por lluvias invernales escasas y ocasional arrebato por viento norte a fines de octubre-noviembre, que acorta el llenado del grano.

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