El economista Santiago Solanet estaba haciendo orden en su casa cuando se encontró con un libro de historia moderna de Ben Walsh, que había leído en los primeros años del colegio secundario, en el cual se explica que, luego de la guerra civil iniciada en 1917, el gobierno comunista impuso a los agricultores una extracción del orden del 50% de la producción generada.
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“Hoy el campo argentino se encuentra en una situación similar al de la ‘Nueva Política Económica’ del comunismo de Lenin (1921). Parece increíble”, comentó Solanet.

Todos los empresarios agropecuarios argentinos saben en carne propia que sufren una presión impositiva altísima, en la cual, por cada cien pesos que generan, el Estado se queda con más de sesenta de manera directa, para luego aplicar una segunda extracción por medio de las “retenciones cambiarias”.

“Con los elevados precios de los granos, los empresarios agrícolas en las zonas más productivas pueden sobrevivir si logran rendimientos altos, pero eso no quita que la extracción sea muy elevada”, apuntó el economista a Bichos de Campo.

Lo interesante es que el libro muestra que, cuando el gobierno comunista presidido por Vladimir Lenin comprendió que la excesiva extracción realizada por los bolcheviques durante la guerra civil llevaba a la ruina económica, procedieron a reducirla para evitar que la producción desapareciera.

De todas maneras, el comunismo jamás logró brindar los incentivos suficientes para promover la producción agropecuaria en Rusia, por lo que debió importar grandes cantidades de alimentos. Recién en las últimas tres décadas, con la instauración del capitalismo, Rusia logró transformarse en el primer exportador mundial de trigo, cereal que en la última etapa del comunismo traía de diferentes orígenes, incluyendo a la Argentina.

La situación presente en la Argentina es única en el mundo, porque en la mayor parte de los países del mundo –incluyendo a los latinoamericanos– el Estado subsidia al sector agropecuario en lugar de desincentivarlo por medio de elevadas presiones impositivas y distorsiones cambiarias, dado que se da por descontado que las materias primas generadas en el campo son la base de la creación de diferentes industrias y servicios orientados a darle valor para generar riqueza y empleo en la extensión de todo el territorio.

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